§ 0

§ 0

Reseña - "Consciencia, más allá de la vida" Pim van Lommel (Editorial Atalanta, 2012)

§ 0

Pim Van Lommel es un cardiólogo y científico holandés que a lo largo de su vida profesional ha tenido pacientes que afirmaban haber vivido experiencias cercanas a la muerte mientras estaban en quirófano. Debido a la curiosidad por saber qué es lo que pasaba realmente, el médico comenzó una exhaustiva investigación de qué es una ECM, sus posibles causas y sus manifestaciones. Así, la editorial Atalanta recoge en este libro el estudio y las experiencias que el médico recabó a lo largo de su trayectoria como investigador en este campo.

¿Qué es una ECM? Para Van Lommel se trata de una reminiscencia experimentada durante un estado especial de la conciencia. Un estado que incluye, entre otras cosas, visiones y sensaciones entre las que se encuentran la visibilidad de una luz hacia la que nos sentimos atraídos, la transición a esta a través de un túnel, encuentros con personas y entidades que no pertenecen a nuestro mundo, y la sensación y experimentación de no estar en nuestro cuerpo físico.

A modo de documentación, el autor recoge experiencias de niños, adultos y personas ancianas, tanto de Holanda como de otros lugares, similares unas de otras, muy diferentes en cuanto a contenido pero no en la sensación de experimentar lo mismo. Todas tienen algo en común, ya sea ver “la luz” o la sensación de flotar por encima del cuerpo y verse a sí mismo. Estas experiencias, si bien están relacionadas también con cierto tipo de percepciones extrasensoriales como la proyección astral, difieren en que no son casos que ocurren espacialmente en la vida de una persona, sino que solo son experimentados una vez en la vida, en la hora de su muerte, ya sea esta en quirófano, como en un accidente o en una parada cardiorrespiratoria.

Las investigaciones que se han llevado a cabo, y que Van Lommel también recoge, nos muestran que en Occidente no podemos ni somos capaces de darle una explicación, a pesar de que se ha observado qué es lo que le sucede al cerebro y a nuestro cuerpo mientras ocurren estas experiencias. El autor señala las diversas teorías fisiológicas (los procesos químicos cerebrales y corporales por los que pasamos) y qué circunstancias pueden inducirlas, como el coma, la inconsciencia por shock o el estado en el que se está bajo los efectos de la anestesia. Sin embargo, no logra vislumbrar una explicación puramente empírica de los casos. Solo puede verse como otro estado de conciencia, un estado con concepto aún metafísico que se ha visto truncado debido al materialismo imperante que se da y se ha dado por estos lares. En otras culturas -como las que se dan en las religiones asiáticas o ciertas tribus chamánicas, e incluso en ciertas civilizaciones ancestrales como la egipcia-, la experiencia cercana a la muerte está relacionada con el paso al otro mundo y al inframundo, a la vida después de la muerte.

Lo curioso de todas estas experiencias, que el autor nos documenta en porcentajes y casos, es el cambio de estilo de vida que las personas tienen tras haber experimentado una ECM. La gran mayoría de estas personas cambia su modo de vivir la vida, encuentra un significado trascendental de su existencia y ve y siente que esta tiene un propósito. Estas personas se vuelven más empáticas y sienten la vida de una manera más plena y auténtica.

Así, las palabras de Van Lommel devienen un documento al que recurrir para examinar lo que la ECM es -de momento- en su ámbito más científico. Aun así, nos advierte de cómo esta escapa de toda lógica, pues también está estrechamente relacionada con el ser que somos y con nuestra parte más espiritual, de la que a Occidente aún le queda mucho por avanzar.

Publicado originalmente en Diarios Détour.

§ 0

§ 0

El signo del infinito y la felicidad, por Clara Janés

§ 0

Me despierto con una nueva palabra flotando en la mente: "nodulaciones", y es que me dormí con otra: "nodo". ¿Qué ha sucedido en mi cerebro durante las horas del sueño? Recuerdo que la tarde anterior, hablando por teléfono con Pablo Alonso, que ha publicado un libro donde interpreta los 42 signos enigmáticos de la Ventana de la Aparición del santuario de Caravaca de la Cruz, había salido la palabra "nodo". Hace más de un año vino él a mi casa y se fijó de inmediato en una fotocopia que estaba sobre un atril. Casi sin preámbulo me preguntó: "¿Por qué tienes esto aquí?". Era reproducción de un gouache hindú que representaba dos serpientes entrelazadas, según el pie de foto, "en torno a un lingam invisible", con una inscripción mínima en lo alto. Hacía poco, otro amigo me había proporcionado la primera iluminación, conocía el sánscrito y leyó lo escrito: "nagakkal". Y era justamente éste el motivo por el que tenía a la vista aquella imagen.

Me había empeñado en leer yo sola en persa -con un poco de ayuda- un texto del poeta Sohrab Sepehrí titulado La habitación azul, pensando que trataría de su infancia. Y sí, en él habla de los días de su niñez en Kashán y de cómo la familia abandonó determinada habitación de la casa por haber encontrado allí una serpiente. Partiendo de este suceso, se lanza a exponer el simbolismo de dicho animal en distintas civilizaciones, así, por ejemplo, dice que en los cuentos es guardián de un tesoro y, en cambio, para los Erajá significaba puntería, mientras para los hindúes, fertilidad. Y lo dice usando numerosas palabras para mí desconocidas, como aquella de la inscripción. Luego describe Sepehrí la habitación, cuyo suelo era cuadrado y el techo circular, debido a la bóveda, y prosigue diciendo que el cuadrado representa la tierra y el círculo el cielo; cuenta, entre otras cosas, que, para representar la unión de ambos, los trajes de ceremonia de los emperadores chinos, en su mitad baja eran cuadrados y en la otra redondos, y cómo, también en la China antigua, durante los eclipses, las gentes sucumbían al pánico y para salvarse se reunían en un lugar formando un cuadrado.
Tenía, pues, a la vista esa imagen y Pablo, sin esperar respuesta, dijo: "Las serpientes entrelazadas son el símbolo de Mercurio, la fuerza genésica, la resurrección del universo, y forman el signo del infinito. Ese signo contiene el ocho, y el ocho y la noche están estrechamente relacionados: son lo enigmático. En muchas lenguas ambas palabras tienen la misma raíz".

Mi cabeza, que actúa a veces de manera inesperada, vio lo que él decía transformado en poema visual y, acto seguido, se llenó del eco de una frase de Wittgenstein: "Sólo se puede escribir -es decir, sin hacer nada necio e improcedente- lo que surge en nosotros en forma de escritura". No se trataba de escritura, pero tan claramente se había formado el pensamiento como imagen que no tardé en poner manos a la obra. Necesité primero situar los signos y figuras que usaría y partí el papel con una línea horizontal y otra vertical pensando quitarlas luego, pero no pude: sin darme cuenta había indicado los puntos cardinales.

Ahora hablábamos del resultado de mi intento y él comentó que el símbolo del infinito se relaciona también con una madeja con un nudo en el centro, un nudo y un nodo. Y siguió con los números: el tres es el alma, el cinco es nupcial, el seis es la exaltación de la materia, el siete es el orden completo: siete colores, siete notas, siete moradas, siete planetas (en la antigüedad)... Y el diez es resumen de las estructuras de todo lo existente, la tetractys pitagórica, es decir, la suma de 1+2+3+4...
Todos estos números los veía yo igualmente en la página y siempre con una relación con los cuatro puntos cardinales, aunque, por cierto, Sepehrí, en aquel texto, habla de siete y hasta de ocho direcciones del espacio. Y yo lo veía además todo dando vueltas. Es natural: cada hombre es el centro de una circunferencia cuyo perímetro es el horizonte. De hecho, siempre se han representado el universo y los cielos de modo circular. Miles de veces hemos visto los zodíacos con todos los signos girando como planetas en torno al sol e, igualmente, los míticos ocho cielos. Y no sólo giran los elementos uranios, sino los laberintos, que simbolizan, además, la caída del hombre y la necesidad de buscar un "centro" para retornar al espacio celeste; y los mandalas que son, precisamente, "composiciones de círculos y cuadrados que se inspiran en cosmogramas", escribe Ignacio Gómez de Liaño.

Sohrab Sepehrí tenía una mente totalizadora y siguió su impulso: de Irán pasó a Japón, donde estudió grabado, vivió en la India, en Francia, viajó a Madrid... Lo mismo puede decirse de Gómez de Liaño, que dio un salto análogo: vivió en Japón y en China y, cuando escribe, hace dar vueltas al conocimiento. En su Breviario de filosofía práctica nos recuerda: "El origen de la iconografía budista se encuentra, como es bien sabido, en el arte grecorromano surgido en la región de Gandara, entre Pakistán y Afganistán, en los siglos I y II".

Cuando me pongo a desayunar me entra el desasosiego: la palabra "nodulación" no deriva de "nodo", y menos de "nudo", del signo del infinito; deriva más bien de "nódulo", que es algo muy distinto: "concreción de poco volumen" (dice el Casares). Su formación en mi mente ha sido fruto de esa "naturaleza vaga, borrosa" de las formas del sentir, de las que también habla el filósofo español, que, por cierto, afirma que el propósito de la filosofía debe ser la felicidad.
Nodo. Nudo. Los pitagóricos evitaban las habas porque "carecen de nudos", dice Aristóteles. También ellos se atrevían a hablar de felicidad. Entre las sentencias orales de los acusmáticos figuran: "¿Qué es lo más sabio? -el número. ¿Qué es lo más bueno? -la felicidad."

Artículo extraído de El País (25 Marzo 2006)

§ 0

§ 0

§ 0

Donde hay luz, hay vida.

§ 0

§ 0

Sobre los espacios: pintar, escribir, pensar. José Luis Pardo (Ediciones del Serbal) - Citas

§ 0

«Porque las cosas hablan al cuerpo en la medida en que no somos sus dueños. No necesitamos hacer ningún esfuerzo para prestar cuerpo a las cosas porque, antes bien, son las cosas las que nos han prestado el cuerpo, las que brillan en nuestro cuerpo y constituyen su piel sensible. Pues el cuerpo es ya en sí mismo nuestra exterioridad, al escenario que se disputan las fuerzas deseosas de un lugar en el que habitar, de una superficie en la que quedar d-escritas.

Sólo llegamos a ver cuando la experiencia (una experiencia anónima y no experimentable) inscribe en nuestra piel una marca que constituye nuestro ojo. [...] Los ojos del artista son la invención del cuadro para llegar a ser visto, para devenir sentido.

En este instante, es lo que es en toda la eternidad: fuera de él sólo le adviene el devenir y el perecer. El arte, en cuanto representa la esencia en aquel instante, lo rescata del tiempo, hace que aparezca en su puro ser, en la eternidad de su vivir.

Las cosas se salvan cuando se realizan, es decir, cuando se hace sensible aquello gracias a lo cual las cosas son (sentidas).

No se trata de la luminosidad cegadora del ser que haría la luz sobre un mundo sensible oscuro y tenebroso; bien al contrario, se trata del mundo sensible propiamente dicho. Lo que tenemos que imaginar es un mundo de huellas, de marcas, de impresiones, de imágenes; este mundo está lejos de ser inteligible, transparente a una inteligencia que intuiría sus esencias; pues las esencias no pueden verse con claridad y distinción, están, justamente, im-plicadas, plegadas, envueltas en las afecciones. La imagen que arroja este orden es, por tanto, la de un ámbito lleno de envolvencias y recovecos, de oquedades y deformaciones, de adherencias, tejido grumoso de una realidad que se oculta envolviéndose infinitamente sobre sí misma, cubriéndose de sombras por todas partes.

Todo comienza cuando una esencia se inscribe, se implica, se pliega, se envuelve en una sensación, se disfraza con el velo de una imagen. Las esencias se muestran ocultándose.

Lo sentido es el sentido eterno de lo sensible. La sensación, pues, como la imaginación, es una virtud: el tiempo es la envoltura de la eternidad, como lo finito es la envoltura de lo infinito; toda la eternidad está arrollada en un instante, en un Espacio.»

§ 0

§ 0

§ 0

§ 0

Y logramos hacer de la mirada ese hueco en el que todo ocurre.

§ 0

La creación por la metáfora, Chantal Maillard (Ed. Anthropos) - Citas

§ 0

«Los universos simbólicos dan respuesta al enigma: trazan horizontes, montañas y laderas que hacen al mundo interior transitable. Al misterio le pertenece una extensión mayor por cuanto que no solamente es la posibilidad de todos los universos simbólicos posibles, sino también y ante todo la posibilidad del acto simbólico y de su uso. [...] El hombre reflejado ante sí mismo, el hombre transparente, debe ser aquel que tome conciencia, al actuar, de esta acción creadora de universos y de él mismo, mediante el acto.

Toda correspondecia genuina es imaginativa, como toda genuina imaginatividad es respuesta, correspondencia. Una autentica obra de arte suscita esta respuesta en el contemplador o el oyente, y al hacerlo revela presencias de modos nuevos e imaginativos.
[...] La metafísica tiene un cometido: el de revelar presencias. La presencia se revela mediante la función imaginativa al procurar relaciones nuevas. El arte funciona de dicho modo, y más propiamente el poético. El arte es, por tanto: comunicación, y es el lenguaje poético, la forma privilegiada de comunicación intersubjetiva de lo sagrado.

La metáfora incrementa nuestra capacidad de comprender la realidad al enfrentarnos con su carácter esencialmente metamórfico. El juego de la metamorfosis, le pertenece a los dioses; es la cualidad de lo sagrado, de todo lo numinoso real que encierra. Por tanto, el sentido de la metáfora no debe buscarse en sus términos, ni en el resultado de su análisis lógico, sino en la capacidad de transformación que comporta.

La palabra es, ante todo, la posibilidad de ver.»

§ 0

§ 0