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Reseña "Le nom qui efface la couleur" de Israel Ariño (Ediciones Anómalas, 2014)

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¿Cómo leer un fotolibro? ¿Puede leerse un fotolibro? ¿Tienen los fotolibros algún atributo narrativo o historiador? Yo digo que sí, y Le nom qui efface la couleur, de Israel Ariño, editado por Ediciones Anómalas, no se queda atrás dentro de estos términos.
Para leer un fotolibro, una debe meterse en la imagen, pasar las páginas de una a una lentamente y quedarse con el poder hipnótico que algunas imágenes nos ofrecen; debe servirnos para contemplar otros mundos en los que, a través de la mirada del fotógrafo, podemos penetrar sin temor a que algo se nos vaya de nuestro interior. Y es que leer un fotolibro se basa en eso, en la contemplación de cada fotografía.


Le nom qui efface la couleur nos habla, como bien diría su autor, de la posibilidad de ser una cosa u otra; nos habla de lo que puede ser y no puede ser, de la libertad de la mirada y de cómo la enfocamos a la hora de entrar en un encuadre. En palabras de Ariño: «Esta serie es la consecuencia de una abstracción, de un estado mental particular en el que explorar los límites de la fotografía, un umbral desde donde asistir a la generación de un nuevo tipo de lugar, de carácter más vago y ambiguo pero al mismo tiempo más comprometido con un territorio colmado de sentimiento, metáfora y lenguaje.» De esta manera, el libro nos permite adentrarnos en aquello que la mirada de Ariño hace posible.


Entre blancos y negros y escalas de grises que se vuelven de lo más intensas, vehementes y despiadadas, el autor presenta un cierto modo de ver directo e indirecto, los dos a la vez. Nos ofrece una imagen de la realidad -su realidad- que evoca algo salvaje pero también ingenuo e inocente. Ariño retrata la naturaleza, lo posible dentro de nuestra entrada en ella, la inocencia de las miradas, la compatibilidad entre lo humanizado y lo natural; nos adentra en parajes naturales en los que el hombre ha entrado y en los que la naturaleza se nos ofrece de manera clara, tenue e inspiradora.

Animales, personas, paisajes, habitaciones… todos se transforman en un cierto ensayo visual, ya que dentro de cada fotografía logramos entrever una cierta línea narrativa e individual; cada una de ellas entraña una pregunta y una respuesta. Si bien en el libro Transmotanus de Salvi Danés -publicado también por la misma editorial- se nos presenta como un recorrido a través de un viaje que él mismo experimentó, Israel Ariño aborda una entrada a lo salvaje y a lo perpetuo sin entrar en recorridos. Se nos presentan pausas, imágenes congeladas donde todo ha sido olvidado, en las que su autor nos recuerda lo que pudo ser; también, al contrario, lo que es. Hay cierta ambivalencia entre lo que podemos ver, lo que podemos observar y lo que no es.

El proyecto fue llevado a cabo en Le Blanc, en pleno centro de Francia, lugar donde el artista residió. Así, vemos una Francia selvática y espesa, donde la niebla evoca la lejanía de un horizonte perdido, donde la belleza se presenta muy íntima y extremadamente inspiradora. Este fotolibro se convierte en todo un referente de lo que la fotografía de aquí y ahora es, donde la imagen refuta lo narrativo y nos hace empequeñecer ante la verdadera mirada del artista. Una mirada intrínseca y especial de la que logramos hacernos partícipes, con otra perspectiva de la vida y del mundo. Sin duda, Le nom qui efface la couleur es una gran obra que todo apasionado de los fotolibros debería, si no tener, hojear y darle un vistazo de vez en cuando a lo que cada imagen nos presenta, ya que cada una de ellas habla por sí sola. Y eso es bello a la vez que apasionante.

Publicado originalmente en Diarios Détour

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Nicola Odeman

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Chantal Maillard "Poesía y pensamiento"

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1. EL PÁJARO
La preocupación por las diferencias es algo congénito en el pensamiento occidental. Pertenece a la visión científica, que convierte el mundo en experimento. Aplicamos el método hipotético-deductivo a todo lo que se nos presenta. Lo cual no deja de tener cierta gracia cuando el pensamiento la emprende consigo mismo.
Pensemos pues el pensamiento. Pensémoslo en la filosofía y en la poesía; el pensamiento está sin duda presente tanto en la una como en la otra.
La filosofía: el punto de partida de la ciencia, el método o la manera de habérselas con el lenguaje para lograr conclusiones a partir de definiciones. Acotando, pues. Delimitando.
El poema: aprehensión de lo-que-hay, en un modo. Infringiendo los límites. / La poesía (poíesis): el conjunto de modos y maneras (amaneramientos) de la aprehensión. La preocupación «poiética» es la de cómo mostrar el qué que le pertenece al poema.
(Entre el modo y la manera, ambos sinónimos de «forma», hay, tal como aquí quiero emplear los términos, una diferencia: el modo es musical, la manera, no necesariamente).
¿Y el pensamiento? El pensamiento, por supuesto, atraviesa todas las elaboraciones lingüísticas, salvo la repetición (como manera) o la letanía (como modo). ¿Cómo no iba a ser así?
Con respecto a esta discusión viene al caso aquel pájaro filosófico que Juan Miguel Palacios nos ponía de ejemplo en sus clases de Ética. El que lee filosofía, decía, hace como el pájaro cuando bebe: toma un buche de agua, levanta la cabeza, traga y, así, sucesivamente. Así también el lector de un ensayo lee un párrafo, levanta la cabeza, entrecierra los ojos un momento y luego vuelve al libro. Me acordé de aquello mientras leía porque me sorprendí realizando aquel mismo gesto del pájaro. Levantar la cabeza, con los ojos cerrados, y volver al agua. Pero, lo curioso es que, esta vez, no estaba leyendo un ensayo, sino unos pequeños poemas aforísticos. Así que me pregunté si, siendo el gesto el mismo, no habría de ser lo mismo también lo que aconteciera en la lectura de un ensayo y en la de un poema. ¿Acaso no tendría lugar, en ambos casos, un mismo acto de comprensión? Un cierto paladeo y… algo cae. Algo que se filtra antes de asentarse en la conciencia. Una comprensión… Pero, ¿qué es la comprensión?

2. EL CERCO

La comprensión es un acuerdo entre el material (ideas, frases, párrafos) que se nos ofrece y el material que llevamos ya incorporado (ideas, frases, etc. a las que hayamos dado sentido) y al que protegemos. Lo comprendido es lo que poseemos, lo conocido, cuyo conjunto procuramos mantener dentro de un cerco. Pero hay palabras, frases, ideas, y también imágenes que no nos pertenecen y que irrumpen de repente, como intrusos, en el cerco. Los que habitan dentro del cerco los huelen, los palpan, los empujan, los ponen a prueba y, si resisten, puede que los acepten. Cuando esto ocurre, algo se transforma dentro del cerco. El color, por ejemplo, porque el intruso llevase ropas azules, o amarillas que, al lavarlas junto con las demás, hubiesen desteñido, modificando el color de todas ellas. Entonces, al ver el resultado, nos maravillamos, hablamos de «descubrimiento» o incluso de «iluminación», en cualquier caso, de comprensión.
La palabra berebere provoca esa comprensión. Los bereberes no tienen fronteras, no están dentro de ningún cerco.
En el puesto de aduana de la frontera entre Siria y Jordania, he visto como al berebere se le deja pasar sin presentar pasaporte. No tiene ninguno, porque no pertenece a ningún país; su patria es el desierto y el desierto no tiene más fronteras que sus propios confines. El berebere es un nómada que pasa las fronteras llevando cosas de un lado a otro de las mismas. Así, la palabra berebere traspasa los cercos, importa y exporta (al fin y al cabo, la comprensión no es sino el resultado de la agitación de los materiales) y, de esta manera, procura comprensión al lector que sea, igualmente, de alguna manera, berebere.

3. VERTICALIDAD Y HORIZONTALIDAD: LOS PAISAJES DEL CERCO

Pero no somos pájaros, y el agua que bebemos, la que degustamos, no es natural, es agua «tratada». El lenguaje que expresa el pensamiento no es palabra cotidiana, no es la voz que designa sin paráfrasis, la voz útil. El lenguaje tiene formas; son los paisajes del cerco.
¿Qué tipo de forma es la de la poesía, cuál, la de la filosofía? ¿Qué paisajes le ponemos de salvapantallas al cerco nuestro? ¿Qué diferencia existe entre poesía y filosofía?
El modelo filosófico es vertical; el poético, horizontal.
Hipótesis, deducción… silogística. Para hablar filosóficamente, trazamos un eje vertical. Desde unas premisas, desarrollamos y concluimos. Siempre los mismos parámetros. De lo universal, a lo singular, o viceversa. Remontando de la especie al género y descendiendo, a la inversa. Es el modelo del árbol de Porfirio. Toda definición procede arbóricamente.
Pero la filosofía no es un simple eje. Generalmente es un árbol, y ese árbol tiene ramas. Ramas que se extienden horizontalmente o, mejor incluso, oblicuamente. Entonces es cuando el discurso filosófico se vale de imágenes, metáforas que ayudan a la comprensión del discurso (como lo estoy haciendo ahora desde la verticalidad de este discurso). Cuanto más depurado de imágenes, cuanto más ciprés, más filosófico o más científico será el discurso (no olvidemos que la filosofía, en Occidente, se convirtió en ciencia en un momento dado de su historia). Cuanto más frondoso, en cambio, más se aproximará a la poesía. La prosa poética es un roble, o un castaño, o un tilo. También puede ser un sauce, la firmeza y la dirección de las ramas pudiendo servir para seguir elaborando con la metáfora en el sentido que se prefiera.
La prosa poética es una cruz, o cruceta. Vertical, como el tronco de un árbol, y horizontal, como el ramaje.
La poesía expande su material de otra forma. Es poíesis. Otro arte: otro hacer con la palabra. La poesía no es un árbol, tampoco un simple horizonte, sino una planicie, un horizonte expandido. En la planicie, se forman redes, conexiones, rizomas. A veces, por supuesto, en una encrucijada, o en algún terreno virgen, hay algún árbol o, incluso, un pequeño bosque. Cuanto más boscosa sea la planicie, más se acercará a la filosofía. Un poema vertical (arbórico) es un poema filosófico.
Resumiendo, de modo parecido a lo que ocurre con la cuerda que se tensa entre realismo e idealismo (los dos extremos de una concepción de la realidad), que cuanto más en un extremo nos situemos, más radicales seremos y cuanto más al centro, más moderados, así también entre la actitud filosófica y la poética, extremos del pensar cuya cuerda es, evidentemente, el lenguaje.

4. LA BRECHA

Ni el hacer filosófico ni el poético, sin embargo, obtendrán resultados dignos de mención si no son capaces de abrir una brecha. El intruso ha de efectuar una transformación en el cerco, dentro de alguno de los cercos. Toda palabra que no pertenezca al decir ordinario ha de poder hacerlo, y de tal manera que el habitante del cerco asuma aquel verso de Paul Celan: «Digas la palabra que digas– / agradeces / el deterioro».
No hay nada trascendente en ello. A un cerco le sucede otro cerco, y así sucesivamente. Un cerco abriendo sobre otro cerco, la palabra nómada exportándose e importándose de uno a otro más o menos frágil, más o menos sólido.
A veces, no obstante, hay brechas que no abren sobre un cerco, sino directamente sobre el fuera.
¿Qué es el fuera? Por el momento, contentémonos con decir que se trata del fuera –de los límites– del lenguaje. Esos mismos límites necesarios para que haya brecha.

5. FUERA

¿Qué bebe el pájaro? Es ésta una pregunta importante. En los modelos a los que he aludido, hay pensamiento. Amanerado o modulado. Pero, ¿es pensamiento lo que bebe el pájaro?
No creo que sea determinante la respuesta acerca de las formas de disponer las palabras. Poesía y filosofía son métodos para el acercamiento. Definir y cercar: en todo caso, elaborar los límites. Y laborar en los límites.
La pregunta por lo que bebe el pájaro apunta más allá de ellas, de su formato por supuesto, pero también del conocimiento que creemos obtener y que suele quedar reducido a su expresión.
Lo que bebe el pájaro, lo encontramos en pequeños indicios, muchos de ellos cotidianos, y en grandes sucesos también si sabemos eliminar de ellos su grandiosidad. Lo que bebe el pájaro, lo que quisiera beber, es lo que acontece sin que medie en ello razón alguna. La razón siempre trabaja con atención a unos resultados, ya sea en el uso cotidiano que hacemos de la misma, ya sea en su trazado arbórico, ya sea en la planicie.
Lo que bebe el pájaro, digamos que es una estela, un trazo. El pájaro lo reconoce porque está dispuesto. Sediento. El berebere, ahí, no tiene función alguna. Se trata tan sólo de un reconocimiento. No el que la memoria proporciona, no, ése no.
–Reparo en el movimiento «inconsciente» que Gilles Deleuze efectúa mientras habla1. Rítmicamente, un dedo presiona otro. Él no se da cuenta. Él habla. Responde. Sin darse cuenta, algo de él encuentra la manera de traducirse en gesto y acompañar así, con el cuerpo, rítmicamente el habla. ¿Qué es eso que halla la vía? ¿Qué es aquello que se manifiesta? –
Tengo los pies descalzos sobre una toalla. Advierto, sin mirar, que hay una diferencia de medio centímetro entre el suelo y el doblez de la toalla. Me doy cuenta de ello. Se trata de una percepción. Para que una percepción se dé, ha debido ponerse en marcha la inteligencia. Todos nuestros saberes, nuestros aprendizajes están ahí reunidos y las neuronas, listas para realizar, en un instante, una operación comparativa.
La percepción del medio centímetro de «diferencia» es una deducción, aparentemente inmediata, que ha requerido de una operación comparativa. No ocurre así con el gesto de Deleuze. En la percepción hay un acto de conciencia. En aquel gesto, no. Se trata de un gesto al que decimos «inconsciente». Sin embargo, significa algo. Si Deleuze dejase de atender a lo que está diciendo y reparase en él, ¿qué pasaría? ¿Dejaría de hablar? Probablemente, pues la atención, desviada de su objeto hacia otro objeto interrumpiría algo. ¿Qué interrumpiría? El habla, y el gesto. También el gesto se interrumpiría. Se interrumpiría el flujo. El gesto y el habla es el mismo fluir. El filósofo, todo él, está proyectado en el habla. Lo está con una temperatura media, la que le permite el deterioro de su persona, su edad avanzada, el interés relativo que probablemente tenga ya, para él, aquella entrevista filmada. De ahí el gesto.
Lo que bebe el pájaro es ese flujo, esa corriente, antes de ser habla, antes de ser gesto.
En la brecha.
En la brecha, una abertura. ¿Hacia donde, hacia qué? Fuera. ¿Qué es el fuera?
(…/…/…)
El fuera es lo común, lo que a todos pertenece, lo animal. Fuera es la inocencia. La de todos. Porque fuera no hay yo, no hay alguien.
Un poema es una señal de la inocencia.
De esto, más no hablaré por ahora.

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Penelope Gotlieb

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Les tricheurs (Marcel Carné, 1958)

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L'homme qui ment (Alain Robbe-Grillet, 1968)

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Shell (Scott Graham, 2012)