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La creatividad y su proceso.

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Escrito con motivo del Festival Inspira 2013.
Para aquellos que crean. Para Álvaro.
Publicado originalmente en Diarios : Détour

Me llamo Francisca Pageo y me dedico al arte visual. Estoy especializada en la fotografía y el collage y he venido para hablaros de la creatividad y su proceso. Me gustaría hablaros de ella tanto como proceso artístico al igual que como medio de vida, ya que para mí la una va íntimamente ligada a la otra.
Para empezar, me gustaría explicar lo que es la creatividad. La creatividad es imaginar, generar ideas y conceptos; es extraer cosas de la nada y, sobre todo, soñar. Muchas veces me he preguntado, ¿por qué la necesito tanto? ¿Por qué no puedo prescindir de ella? Y me digo, rotundamente, que la creatividad es como respirar.

Empezaré a hablar de la creatividad como proceso artístico.

Lo primero que se necesita para crear algo que sale de la nada, lo primero y más importante de todo, es estar tranquilo. Si uno no está tranquilo no puede fluir, y esto es necesario para llevar a cabo una pieza. El entorno en el que nos ubicamos es relativamente importante, pues nos ayuda a sentirnos relajados y libres. El segundo paso es el enfoque. La mente necesita enfocarse en lo que está haciendo, y eso se consigue concentrándonos en el papel, la base en blanco, la textura de cada material a usar y en las emociones que uno tiene en el momento. Es importante que las emociones que tenemos no nos alteren, no nos hagan sentir encerrados en nosotros mismos, sino que nos ayuden a ir más allá, a desenvolvernos con lo que vamos a realizar. Es por eso que muchas veces necesitamos estar solos a la hora de crear. Porque es en la quietud y en la calma donde la soledad nos advierte cuándo podemos sacar lo que tenemos dentro de nosotros sin miedo, ni ataduras; hemos de tener la sensación de que estamos en libertad.

Una vez hecho esto, nos ponemos a trabajar.
Pensemos en el escritor que se deja llevar conforme escribe, o que, quizás, ya lo tiene todo pensado y se limita a escribir sin más. Escribe y las palabras están ahí, en la hoja en blanco. Pero el escritor no piensa conforme escribe, simplemente lo hace. Está, también, el caso del pintor, que tiene todos sus colores preparados y espera la luz perfecta para que los tonos sean los más naturales posibles. O no, pero el pintor también deja de pensar en el instante en el que el pincel se pone en contacto con el lienzo. Está el fotógrafo que mira por el visor de la cámara esperando la luz y el momento indicado, y por impulso, de repente hace click. Está el músico que va experimentando con notas y tonos hasta que bing!, de repente todo encaja. E incluso está mi caso, que cuando hago un collage, cojo elementos que considero que se pueden fusionar entre sí, pero que, al ponerme con su composición, me dejo llevar y es como si la composición se hiciera a sí misma.

Os preguntaréis adónde quiero llegar con todo esto, y la respuesta es sencilla: hay algo en todos esos procesos que se nos escapa y que no sabemos cómo definir. Hay que algo que cuando creamos está ahí, a la espera de ser constatado una vez terminamos la obra. No es la composición ni el lenguaje, no es el uso ni la exposición, ni siquiera la técnica y la representación: es el misterio entre los materiales, el espacio en blanco y nuestras manos. Es el misterio que hay cuando estamos creando. Ese misterio, para mí, es la primera causa que me hace sentir que la creatividad es como respirar. ¿Por qué? Porque me libera, me hace sentir unida a algo y, lo más importante de todo, me hace sentir viva. Porque cuando creamos empatizamos con nuestro entorno, nos volvemos parte de él, hacemos que los materiales, el lienzo, los sonidos o las imágenes, se entremezclen con nuestras emociones, con nuestras ideas y pensamientos. Formamos un vínculo. Este vínculo es la clave para poder expresarnos con efectividad. Es por eso que para mí la creatividad es necesaria, pues con ella aprendemos a soltarnos, a desenvolvernos y a dar con cosas nuevas.

Además, ¿quién no se ha sentido aliviado y en paz una vez ha creado algo? El arte, además de hacernos sentir cuando lo llevamos a cabo, nos libera, nos descubre cosas y aporta belleza. Esa belleza nos hace sentir en paz con nosotros mismos, siempre. ¿Quién no ha mirado una determinada fotografía o pintura y se ha sentido así? Es en la composición, en los tonos de los colores y, sobre todo, en el misterio, lo que hace que la fotografía o pintura sean así. Eso es una obra de arte, cuando la técnica tratada no solo es armónica, sino que va acompañada de misterio; algo que nos evoca cosas y no sabemos cómo lo hace…

El arte no es solo expresar lo que llevamos dentro, liberarnos, sino que también es una acción que nos enriquece y nos aporta cosas. Es como la naturaleza, que está ahí, siempre ha estado ahí, pero que hasta que no nos metemos en ella no sabemos lo que nos hemos estado perdiendo; no nos sentimos verdaderamente libres, sin condiciones sociales de ninguna índole. No nos damos cuenta de lo vivos que nos puede hacer sentir.

Hace no mucho llegué a la conclusión de que apreciar una obra de arte es apreciar la vida. En el arte está todo: lo que sentimos, lo que vivimos u observamos, así como lo que nunca vemos, que desconocemos o que aún está por llegar. En el arte nos podemos encontrar preguntándonos y, a la vez, hallar respuestas. Son las sensaciones que nos provoca la obra que estamos observando lo que nos hace ser humanos. ¿Por qué? Porque esas sensaciones nos ayudan a reflexionar y a ser conscientes de nuestra psicología, de nuestra condición humana… Nos ayudan a querer saber más, tanto de nosotros mismos como de los demás, de las diferentes culturas, de la naturaleza o de la sociedad, pues el arte saca cosas que todos y cada uno de nosotros tenemos dentro. Por eso siempre se ha considerado el lenguaje más universal que existe. Además, el arte, el verdadero, siempre tiene algo de atemporal y, a la vez, pertenece a su tiempo y a un determinado lugar. En definitiva, el arte nos ayuda a avanzar y a sentirnos no solo integrados con nuestro entorno, sino también con los demás.

Llegué a esta idea con el collage. Lo que comenzó como una expresión diaria, pues lo utilizaba como alternativa a mis diarios escritos, haciendo cuadernos visuales, me sirvió para empezar a encontrarme a mí misma. En los collages aprendí a ver aspectos de mí de los que, de otra manera, no podía darme cuenta. En ellos, se reflejaban experiencias que había tenido y en las que aún no me había parado a pensar. Además, empecé a subirlos a mi blog de por aquel entonces, la gente los veía y les gustaba, lo que me hacía sentirme más unida a los demás. De alguna manera, la gente empatizaba con las cosas que expresaba y eso me hacía sentir más feliz y menos sola. Desde entonces, el collage se convirtió en algo vital para mí, en algo que ya no puedo separar de mi vida y que ha devenido parte de mi expresión natural. La expresión artística no solo me ha ayudado a encontrarme a mí misma, sino también a encontrarme con los demás y con el mundo que me rodea.

A lo largo de estos años he trabajado con fotógrafos, con ilustradores, con músicos… y la sensación que uno tiene cuando cada uno pone su parte es algo indescriptible. Porque cuando uno crea para sí mismo está muy bien, pero es que cuando uno crea con alguien es muchísimo mejor. La obra llena más, pues la otra persona aporta algo que completa lo que uno hace, y la pieza se vuelve más atractiva, más especial, más humana.

¿No lo notáis vosotros cuando compráis un disco, por ejemplo? ¿Lo hermoso que es escuchar la música mientras vemos el libreto, las fotografías e ilustraciones que contiene? ¿Y los libros? ¿Quién no ha comprado nunca un libro con solo fijarse en la portada?

Ahora hablaré de la creatividad como medio de vida… A todos nos gusta generar ideas, pero nunca nos paramos a pensar, ¿por qué lo hacemos? La razón es sencilla, necesitamos soluciones. Siempre. Necesitamos soluciones a todas horas. No hay ningún momento en el que hagamos algo o estemos pensando y no se nos ocurran cosas que aplicar a nuestra vida. Y se nos ocurren porque, como he dicho antes, necesitamos avanzar, movernos, ir de un lado a otro. Esa es la principal característica que tiene la creatividad en nuestro pensamiento: generar ideas que poder llevar a cabo tanto en nuestro mundo interior como exterior. Estas ideas nos generan emociones y nuevas sensaciones; incluso, nos ayudan a sacar aquellas que teníamos olvidadas. Lo mejor de todo es que si estas ideas son llevadas a la vida práctica, nos sirven para evolucionar. Porque al igual que una obra de arte me hace replantearme lo que quiere expresar, una idea que me ayuda a hacerme reflexionar también me ayuda a cambiar. Y entonces vuelvo a lo que he dicho antes, ¿qué es lo necesario y principal para sacar esta clase de ideas? ¿Acaso no es necesario primero estar tranquilo y a solas? ¿Preguntarse a uno mismo? ¿Enfocarse en sus pensamientos y en lo que siente respecto a estos, en sus emociones, en su vida? ¿Conocerse? Ese cambio siempre nace porque lo que se creía bien hasta entonces tiene otro enfoque, otra perspectiva, se ve desde un punto de vista más maduro. Es por eso que el arte, así como la generación de ideas o conceptos -y lo quiero pensar así porque así es como lo he experimentado en mi vida-, está para mejorarnos.

Como conclusión, me vuelvo a preguntar, ¿por qué y para qué existe la creatividad? La creatividad, tanto artística como en la vida diaria, existe para terminar de ser consciente de lo que uno puede mejorar tanto en sí mismo como en su entorno. Por eso la creatividad es soñar, porque nos ayuda a buscar un mundo mejor, más vivo, más nutrido y especial. Nos ayuda a embellecer lo que tenemos. Nos enfrenta con nuestros miedos y nos ayuda a liberarnos de ellos. Nos une a los demás y nos vuelve más empáticos. Nos ayuda a expresar cosas que de otra manera no podemos. Nos hace volvernos más receptivos y vivos. Nos hace preguntarnos por lo que aún desconocemos, por nuestros sueños y nuestro futuro. ¿No es entonces maravilloso que seamos creativos?

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Inger Johanne Grytting

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Soñé que estaba en un mar. En un mar tranquilo, sin olas. Podía ir hasta el muelle o acercarme a la orilla sin temor a que el mar me encerrara. Sobre ese mar estaban las nubes –ah, ese estado cíclico del agua-. Salí de excursión en busca de ríos, pero pasaban los días y no encontraba ninguno. Invadida por la tristeza empecé a llorar. Yo las miraba y miraba y creía ver que ese mar, en realidad, estaba hecho de aquel agua caída de las nubes.

Entonces apareció un río, un río en el que me miraba y quién sabe si también él me miraba, como Narciso. Descubrí que yo misma había creado el río, que ese río nacía de mí. Que yo podía ser mi propia montaña. Y me di cuenta de que siendo yo misma la montaña, viendo mi reflejo en el río, observando el mar, todo estaba bien.

Soñé que si me dejaba llevar por el lado natural de las cosas, podría crear la naturaleza. 

Francisca Pageo. Septiembre 2014

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Recuerdo estar sentada en el parque con mamá, papá, la abuela. Yo llevaba mi cámara encima y decidí hacer fotos a las cosas que más me llamasen la atención. 
Habían flores, nubes, árboles, matorrales.

Y me doy cuenta de cómo cada persona somos una flor, una planta, un árbol, cada una diferente de otra, pero cada una perteneciente a un grupo de ellas, a una familia. Me doy cuenta de que nacemos, florecemos, nos marchitamos; pero seguimos con vida, seguimos manteniendo esa esperanza de hacer brotar semillas, de seguir en esta naturaleza de la que provenimos y a la que también vamos.

¿Habrá algo más hermoso que escuchar la historia de una persona mayor? Lo está también en las sonrisas de las personas o en los ojos de un niño.

La naturaleza, como el alma, nos habla en parábolas. Y gracias a ellas, somos lo que somos y todo lo que podemos florecer desde nuestro interior y esa fuerza proveniente del sol llamada luz.

Septiembre 2014.
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La paciencia.

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Deslizas los cristales y subes la persiana. Te gusta como te hace sentir. Aún no es verano y sientes como te llenas de energía cuando respiras a través de esa pantalla orgánica que tienes en la habitación. Te gusta escuchar los pájaros de los árboles de frente, a los niños en el patio del colegio, a las personas y vehículos que pasan por debajo.

Estás sentada en la silla giratoria, coges las tijeras y el pegamento, y enfrente de la ventana empiezas a cortar palabras y construir frases. És un nuevo método que, inconscientemente, te hace sentir bien y te ayuda a conocerte un poco mejor. 

Miras hacia al lado y ves a Andrei, tu cobaya, comiendo heno. De repente, notas que hay alguien más en la habitación. Es otro ser, otro animal, es una mosca. Tú decides no matarla y ella decide posarse en tu brazo izquierdo. Detenidamente, la miras: ella coge sus patas delanteras y las frota entre sí, luego hace lo mismo con las traseras; y vuelve a repetir sus movimientos, tres veces, quizás cuatro, como si de un bucle se tratara. Sacudes tu brazo y la dejas volar, invitándola a irse por donde ha venido, por la ventana. No lo hace.

Las horas pasan, pero ella es silenciosa y su forma de decirte que está ahí es volviéndose a posar sobre tus brazos. Entras y sales de la habitación varias veces, y la ves ahí, revoloteando por encima de Andrei y por encima de ti mientras estás sentada. Sigues con tu decisión: no matarla. Podrías haber cogido el Casa Jardín y rociarlo por la habitación, pero piensas en Andrei y piensas en que no es sano respirar eso. Piensas en que podrías coger cogido un trapo y ahuyentarla, pero no, tampoco lo haces.

Y ella sigue haciendo acto de presencia. Sigue rondándote, te hace cosquillas y te desquicia.

De repente te das cuenta de que, esa mosca cojonera te ha enseñado algo, te ha enseñado que tienes paciencia, que aunque ha estado tres horas molestándote tú has seguido ahí, como si ella no existiera, como si su presencia no importara, aunque en verdad sea ella la verdadera protagonista de esta historia. Y vuelves a pensar otra vez, que, la mayoría de las veces, necesitamos de otros, aunq­ue sean pequeños y molestos insectos, para darnos cuenta de las virtudes que poseemos.

Francisca Pageo (Mayo 2014)