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Reseña "Contra el arte y otras imposturas", Chantal Maillard (Pre-Textos)

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Pese a su controvertido título y lo que podemos esperar de este, Contra el arte y otras imposturas, editado por Pre-Textos, reúne, además de textos sobre su lado más estético y artístico, conferencias y ensayos de Chantal Maillard sobre la India y Oriente, ninguno de los cuales nos deja indiferentes. La escritora y poeta nos invita a entrar en mundos que, aunque no conocemos bien del todo, nos enseña a entender y descubrir las posibilidades de sus culturas, tanto las occidentales como las orientales. Así, el libro nos pone ante situaciones algo límite que no estamos acostumbrados a ver. Maillard arremete contra el arte (aunque puede que no sea así), pues nos enfrenta a él y a las diversas culturas orientales de una manera objetiva, viendo qué es lo que falla en nuestro entendimiento cuando nos disponemos a leer, observar o estudiar.

Maillard escribe sobre las maneras que tiene el artista de expresarse y realizarse, así como también sobre la concepción que se tiene del arte y sus recovecos. Se pregunta a sí misma, conforme escribe, y a la vez hace que nos preguntemos: ¿dónde se encuentra el arte? ¿De qué manera se enfrenta el artista con sus obras y con su estatus ante el mundo? ¿De qué manera el artista es capaz de llevar su trabajo a la catarsis haciendo uso de su liberación? ¿Controlamos de manera abierta y sincera lo que el arte nos ofrece? La autora nos explica y nos adentra en las decisiones que el artista toma por sí mismo y de lo que la sociedad espera de él.

Siguiendo el libro, Maillard recorre los diversos muros que construimos en la cultura, y también las culturas más variopintas de las que existen en el mundo, especialmente de la India, de la que es ferviente estudiosa. La obra nos ofrece una visión espacial y vital de lo que entendemos por Dios, mística y metafísica en un entorno sobre el que podemos, si así lo queremos, poblar. Nos enfrenta a esas paredes que elevamos y no somos capaces de destruir, si no fuera por la visión que el artista en sí nos puede dar. Para Maillard, si bien el artista se adentra en el vacío para sacar de él el todo, la cultura India también nos indica en su vertiente metafísica que la Nada es el todo y el Todo es el vacío. Así, la autora es capaz de relacionar al artista con el místico y con ciertas tradiciones budistas, en donde se logra ir más allá de la unidad, de manera que se limitan el pensamiento y el sentimiento hasta lo que podemos llegar a entender y comprender, añadiendo a lo que también podemos llegar como cierta disolución lógica.

La autora nos conduce hasta el hombre teórico, quien elabora cadenas causales y expone frente al hombre práctico, que hace la realidad a la imagen procedente de la razón. Pero no nos limitemos. Maillard llega a un punto en el que el arte y la ciencia se unifican (como bien sabemos que pasa con el hombre renacentista e ilustrado). La cultura forma hilos, hilos inconclusos que nos llevan de un lado hacia otro, zigzagueando entre lo que creemos y lo que hallamos en la realidad observada. Por ello, hace hincapié en la enseñanza, en lo que la educación transfiere a los estudiantes, en el límite del qué, cómo y por qué enseñar. Enseñamos, pero a la vez construimos muros que nos impiden ver cómo el academicismo gana terreno, frente a lo sentido y único que se tiene en cierto orden metafísico. Aunque más bien, y en general, se tiene y experimenta de un modo vivencial.

Para Maillard, la creencia se convierte en privilegio, y esta vivifica lo que el hombre puede llegar a ser en su totalidad, sin dejar de lado lo enseñado. Así, escribe: «El horizonte es el límite de lo que abarca la mirada, y así era la frontera para el viajero: el límite de lo propio, esto es, de lo que ya se anduvo, la promesa por venir del trayecto». Volvemos a viajar, de un lado a otro, como el artista a la hora de realizar lo que nos llega en su obra. Observamos lo que el círculo fronterizo entre culturas puede llegar a disipar, si volvemos al concepto de ver lo múltiple en el ser humano per se.

En su libro, Maillard nos muestra todo lo que la cultura india es capaz de ofrecernos. Ellos otorgan importancia al sonido, dan valor a lo subjetivo en lo que objetivamente nosotros podríamos denominar caos. Para ellos, el caos va unido a un ir y venir en grupo sin dejar de lado su individualización. La cultura aquí va unida a un hacer y deshacer propio que iniciamos cuando nos enfocamos en y frente a ella, unida tanto desde su politeísmo hasta la importancia de las Diosas y la mujer, más la simbología y la visión erótica de esta tradición. Para Maillard, el modo de ver oriental es similar a la visión que tiene el artista o la de quien se adentra en el arte, para eliminar lo superfluo y ganar terreno en el sentimiento, la calidez y las enseñanzas, que son capaces de crear en nosotros el ir más allá de los muros y diques creados por la humanidad. De este modo, el libro ya no sólo nos muestra la manera de ver de Maillard respecto a todos estos términos, sino que también nos acerca de un modo más empírico, a lo que ella misma ha vivido a lo largo de estos años, entre la India y Occidente. Así, Contra el arte y otras imposturas se convierte en un mano a mano entre el arte y otras culturas para hacernos ver que todo puede explicarse y, de este modo, relacionarse.

Publicado originalmente en Diarios Détour

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Susuz Yaz, Metin Erksan (1963)

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Hai Tao

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Los caballos del sueño, Clara Janés (Anagrama) Citas. Pt.3

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- Cuando salimos a la calle se apoderó de mí la belleza de las cosas, la luz de la alta noche, el hondo silencio, los coches quietos, fríos, su colorido aplastado y unido por la débil claridad de las farolas, los troncos de los árboles, opacos, y sus ramas, delgadas y largas y muy blancas, con ese color que da el frío y la niebla. Fuimos hasta la pequeña plazoleta formada por los aparcamientos, y allí, debajo de los árboles, el pelo de Lobo destacaba por el color. El te increpaba, tu le tomabas el brazo e intentabas disuadirlo aún, pero con un gesto rápido se puso frente a ti: «Estamos aquí y tenemos que pelear, dijo, y te empujó. Tú levantaste la mano, le diste una bofetada y te alejaste un poco. El corrió en pos de ti y arremetió. Era una pelea llena de movimiento, de carreras entre los troncos. Yo los miraba, os miraba, miraba la tierra, y corría también a vuestra zaga.
- Y son dos y son uno los caminos, la verdadera vida –¡qué evidencia en este instante suspenso en la nevada atmósfera, la nítida niebla!–, que está ausente, es. Es toma cuerpo en ese hilo que obliga a avanzar, a cruzar un umbral invisible, acaso recordado.
- El punto de intersección entre fantasía y realidad –es decir, el momento en que coincidieran– sería acaso el único instante al que se pudiera dar con propiedad el nombre de vida.
- Claro que la distancia es cosa indescifrable y quizá cada vez que la mente la salva se equioca; y también es posible que la venza a ciegas en un solo punto para seguir indefinidamente sin poder sobre los demás...
- Como seres arrojados a la existencia, que tienden a lo absoluto, condenados a la finitud, avanzábamos recibiendo el azote de la tormenta perpetua del no saber, y, por lo menos yo, en la creación de un amor, veía la única posibilidad de cobijo. cobijo, útero materno, útero yo para ti, y también para mí misma, pues al albergarte a ti, que a tu vez me representabas como ser echado a la vida, me tornaría invulnerable.
Pero llevaba el canto de las sirenas: «... todo resulta claro...», y sobre una visión que empezaba a definirse  se cernía ya la sombra.
- Mirar el azul. Esto es: mirar el mar, mirar indefinidamente el mar: liberación y límite, si es que el non plus ultra es límite, que lo es para el que busca el todo. ¿Y qué buscábamos si no?
Buscar el todo... si llamas todo a la plenitud, desde luego que sí, yo buscaba esa plenitud que sabía inalcanzable. En el fondo una tregua al desasosiego, una tregua que de hecho solo atisbaba alguna vez, sin explicación, antes del alba.
- Tercer acto: ella se sienta en un pedrusco, junto al camino, y mira bajar por la pendiente a cientos de soldados. Las lágrimas empiezan a resbalar por sus mejillas. Todos la miran. algunos se acercan y le dicen cosas. Ella no escucha, no ve nada. El sol se pone. Se hace de noche. Ella sigue allí sentada en la roca. Pasada la medianoche se dirige a la estación. El primer tren para Salamanca a las cuatro de la mañana. Saca un billete. Entra en la cantina y se sienta en una mesa. Abre un cuaderno. Escribe. Dos hombres juegan a las cartas con dos camareros. La luz es intensamente amarilla. ella mira el reloj. Puede ver cómo se mueven las manecillas. Pasa una hora. Un tren. Los hombres se levantan. Pasa otra hora. Y otra. Llega su tren. Sube. La oscuridad se la lleva. Se la lleva.
- En un momento dado me acusaste de cruel... Tal vez lo he sido. Lo he sido con los dos, pues desde un  principio, me doy cuenta ahora, sin saberlo vi en vosotros lo que teníais de personajes, lo que alimentaba mi impulso literario. Y es probable que si aguanté tantos años con Raúl fue también por ese motivo, para poder escribirlo. Contigo había sucedido, sin duda, lo mismo, pero estoy convencida de que esto es inevitable, de que pasa siempre, como debe acontecerle a un pintor al mirar, por ejemplo, a una muchacha. Necesariamente sentirá la emoción de la luz y el color y verá sus posibilidades plásticas. Y luego la pintará vestida y desnuda, y en mil actitudes.
- Uno o es mágico o no existe.
- Negarse. No pensar en el cuerpo, en el espacio erótico, en el color de las rosas, su perfume, la luz del palacio de Kronbach, los cipreses, los cedros, el canto de la tórtola; olvidar el tacto del agua, de la arena. No hay otra salida que el propio pensamiento.
- El arte es una manifestación de amor, es un vehículo de amor. Cuando nos decían que Dios se ama a sí mismo y entonces crea, esto no era más que una forma burda de expresar lo que la plenitud del ser del momento creativo significa. Se produce una visión, una captación, una vivencia que rebasa el límite del yo, y se vierte. Se produce esa necesidad gozosa, y a veces dolorosa, de concretarla para que sea. Hacer que sea y reconocerla como tal, lo que es ya un acto de amor. Lo mismo que la comunicación, que es hacer partícipe a otro de algo propio. Lo mismo que la manifestación
- La mirada imperante del gato tras los cristales. Esta imagen me explica la vida y me reconcilia con ella.

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Manu Jougla "Batalla en el cielo"

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Isadora Duncan, The Biggest Dancer in the World (Ken Russell, 1966)

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Los caballos del sueño, Clara Janés (Anagrama) Fragmento Pt.2

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Alma.

Ni siquiera me estrechaste la mano. Anduvimos carretera adelante envueltos en la atmósfera blanquecina que lentamente se iba matizando de grises hasta quedar devorada por el negro. La capa de suelo que pisábamos estaba helada y la tierra era una masa compacta que a la vez parecía quebradiza, como un terrón de azúcar. Los árboles inmóviles ostentaban sus ramas erectas y desnudas y su corteza opaca. Nosotros, con las manos en los bolsillos, anudados cada uno a sí mismo, dábamos paso a la amenaza del desasosiego. Después, tras la euforia de él y su monólogo, pues apenas apuntamos una palabra, presa de malestae, empecé a delimitar coordenadas a nuestra conducta. Fue, sin embargo, al día siguiente, acaso como en un intento de reparar tu aridez, o simplemente porque olfateabas la disgregación, cuando, de un modo inesperado, mientras dábamos una vuelta por la plaza de Conde de Rodezno, sacaste de la cartera la foto de tu madre y la pusiste entre las páginas del libro que yo llevaba en la mano y, acto seguido, te quitaste el anillo y me lo colocaste en el meñique. Pero no, lo más probable es que hubieras decidido hacerlo durante las vacaciones y actuaras movido por ese impulso anterior que momentáneamente habísa reprimido a causa del grave obstáculo del reencuentro. Las formas expresivas externas también cuentan, y la efusión de Raúl rebasaba un mero indicio de modo de ser para trocarse en lazo comunicativo. Los lazos de afecto que tú tendías, en cambio, eran retráctiles y en una atmósfera inesperada, que barruntabas hostil, se escondían hasta desaparecer. Te paralizabas. Por ello no me estrechaste la mano. yo exigía de ti que con tu voz manifestaras aquel amor que le daba vida en mi ausencia mientras se oía el piano de Mozart, y todo lo que eras capaz de hacer era confiar a las páginas de mi libro la imagen de juventud de tu madre y depositar en mí el topacio engastado en oro de tu abuela, sin que mediara palabra.

Lobo.

¿Podías, acaso, pretender una expresión verbal de los sentimientos, tú, que enunciabas con el nacimiento la muerte del amor, tú que decías «te quiero y a la vez sé que dejaré de quererte», tú, que aun asegurando que no se soportabas, escapabas a tomar vinos con él en cuanto se presentaba la ocasión? Y con todo, recuerdo muy bien –por la sorpresa que mi voz me causó– que te dije poco tiempo después: «Aunque tú me dejes, yo no te dejaré.» Sin embargo, a partir de entonces... Quizá lo que hicimos, ese distanciarnos, ese encerrarnos y luego pasar horas inmóviles en la penumbra de los templos, el vagar solitario por la Taconera y el Redín, no tuvo otro objeto que profundizar en la búsqueda del otro. Tal vez...

Alma.

Tal vez. Y tal vez la búsqueda sea una perpetua carrera entre los árboles.

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Los caballos del sueño, Clara Janés (Anagrama) Citas Pt.1

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- Tal vez sea esto lo que me empuja a seguir y lo que al mismo tiempo me paraliza, el sentir que la novela es la realidad.
- Intentar conocerse era siempre jugar, y aun partiendo de cero, por medio de una voluntad de mostrarse desnudo un ser a otro, cuando por un azar surgía la auténtica aventura, nacía el amor, éste pertenecía siempre al dominio del tiempo, al ahora, y para qué quemarse en cosas pasajeras.
- Ahora, sin embargo, detrás del humo, con tu destino trágico en el fondo de los ojos y aquel abandono de formas, me abrías paso. Y yo intuía hasta tal punto que teníamos una posibilidad en común...
- A medida que avanzábamos y la lluvia proseguía su ritmo acompañando con su xilófono de agua nuestros pasos, iba naciendo en mí la certeza de vivir un auténtico comienzo, la etapa más hermosa de un proceso.
- El deseo de hundirme contigo en un presente que se precipitaría de modo irremediable en el abismo, porque todo en él sería fantasía, incluso la conciencia y la desesperación de la misma fantasía. [...] Bastaba mi conjuro para que todo se produjera en la atmósfera aparentemente muda.
- No podía hacer otra cosa que caminar embebiéndome de la luz de la tarde.
- En cambio, se me desvanecían hasta los pensamientos y todo quedaba en pulsiones que rompían a la orilla de los párpados, agitándolos.
- Con indiferencia deshilas los días... Sólo de modo automático llegas a diferencias los rostros que te rodean y aprendes a darles un nombre. Y de pronto, el brillo de unos ojos, la forma de unos labios, el gesto peculiar de alguien al moverse, se dibujan en tu mente con mayor concreción. Empiezas a imaginar la vida que se oculta tras el límite físico, buscas semejanzas, mezclas recuerdos y se va generando un concepto, según las sensaciones que has agrupado y clasificado durante años. Das a todo ello una carga afectiva que generalmente nada tiene que ver con los hechos reales sino con mutaciones que se producen en el cerebro, y cuando llegas al contacto con aquella persona juegas con un doble plano de percepción.
- Y cuando nos sentamos en el banco y apoyaste la frente en el dorso de tu mano y tu onda de pelo osciló ligeramente, yo, que quería ser muy honesta desde el principio, te dije que te amaba de la única manera que era capaz de hacerlo en aquel momento: enunciando la fugacidad, la casi imposibilidad del mismo sentimiento.
- No era tan fácil permanecer en equilibrio encerrado en un espacio reducido y con la certeza de no poderse mover en determinado tiempo, sobre todo porque el movimiento uniforme lo alejaba a uno de la realidad, arrastrándolo al resbaladizo terreno del ensueño. Todo aquello, cierto, era un juego, tanto la representación como el viaje a Caparroso para ver el lugar; todo era irreal.
- Nos mantuvimos en una superficie neutra durante toda la mañana hasta que disfrazados nos miramos al espejo. Te acercaste a mí por la espalda. Hubo un leve gesto de tu mano derecha, pero quedó en el aire. Te sonreí y moviste ligeramente los párpados. Cuando salimos a la calle me invaía la desolación. Caminábamos muy cerca el uno del otro y, sin embargo, yo sólo era capaz de percibir la distancia. Nubes grises tapaban el cielo y era un telón de fondo opaco sobre el que resaltaba la materialidad de las barcas. Y, además, aquel viento frente al que no había posibilidad de resguardarse. Con las manos en los bolsillos y cubierta la cabeza con un pañuelo, sentía aún la necesidad de envolverme más para evadir el momento. Pero no era eso lo que quería en realidad.
Frente a ti y con un vaso de vino delante, ya en el ámbito cálido de la tasca, volvía a mi ser, sin embargo, no lográbamos romper el silencio. Nos mirábamos, emitíamos unas palabras y éstas se perdían de inmediato. Cualquier comentario se ahogaba en sí mismo; y cuando nos trajeron la sopa de pescado y dijiste que no podías tomar ni una cucharada, y luego te pasó lo mismo con el segundo plato, no comprendí que te sucedía. Me mirabas comer en silencio... Sin embargo te sentías bien, lo veía en tu color, aunque las cejas te traicionaron. Supe entonces que lo que te impedía comer era mi presencia.
En el autobús, ya de regreso, intenté de nuevo hablar contigo, pero sólo podía contarte mi desasosiego. Estaba sentada a tu derecha y veía destacarse nítida en tu piel la cicatriz que te cruzaba la mejilla.