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"De la aurora." 30x42cm

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El silencio, Maurice Maeterlinck (Extracto de "La inteligencia de las flores")

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Y cada vez que el silencio, ángel de las verdades supremas y mensajero de la incógnita especial de cada amor, descendía entre nosotros, nuestras almas parecían pedir gracia de hinojos e implorar algunas horas más de mentiras inocentes, algunas horas de ignorancia o algunas horas de infancia. .. Y sin embargo, es preciso que llegue su hora. Es el sol del amor y hace madurar los frutos del alma, como el otro sol los frutos de la tierra.
Pero no sin razón los hombres le temen, pues nunca se sabe cuál será la calidad del silencio que va a nacer. Si todas las palabras se parecen, todos los silencios difieren, y casi siempre todo un destino depende de la calidad de ese primer silencio que dos almas van a formar. Se efectúan mezclas, no se sabe dónde, porque los depósitos del silencio están situados muy por encima de los depósitos del pensamiento; y el brebaje imprevisto se vuelve siniestramente amargo o profundamente dulce. Dos almas admirables y de igual fuerza pueden crear un silencio hostil, y se harán en las tinieblas una guerra sin tregua, mientras que el alma de un presidiario vendrá a callar divinamente con el alma de una virgen.
No se sabe nada de antemano, y todo eso pasa en un cielo que nunca previene; por esto los seres que más se aman difieren con frecuencia el mayor tiempo posible la solemne entrada del gran revelador de las profundidades del alma... Es que saben también —porque el amor verdadero conduce a los más frívolos al centro de la vida— que todo lo demás eran juegos de niños en torno del recinto, y que ahora es cuando las murallas caen y la existencia se abre. Su silencio valdrá lo que valen los dioses que encierran, y si no entienden en ese primer silencio, sus almas no podrán amarse, porque el silencio no se transforma. Puede subir o bajar entre dos almas; pero su naturaleza no cambiará jamás, y, hasta la muerte de los seres que se quieren, tendrá la actitud, la forma y la fuerza que tenía en el momento en que, por primera vez, entró en su estancia.
A medida que se avanza en la vida, se observa que todo acontece según no sé qué inteligencia previa de que no se habla una palabra, en la cual ni siquiera se piensa, pero de la cual se sabe sin embargo que existe en alguna parte, por cima de nuestras cabezas. El más ineficaz de los hombres sonríe, a los primeros encuentros, como si fuera el antiguo cómplice del destino de sus hermanos. Y en el dominio en que nos hallamos, los mismos que más profundamente saben hablar, sienten mejor que las palabras no expresan jamás las relaciones reales y especiales que hay entre dos seres. Si les hablo en este momento de las cosas más graves, del amor, de la muerte o del destino, no alcanzo a la muerte, al amor o al destino, y, a pesar de mis esfuerzos, subsistirá siempre entre nosotros una verdad que no se ha dicho, que no se tiene siquiera la idea de decir, y sin embargo esa verdad que no ha tenido voz será la única que habrá vivido un instante entre nosotros, y no hemos podido pensar en otra cosa. Esa verdad es nuestra verdad sobre la muerte, el destino o el amor; y no hemos podido entreverla sino en silencio. Y nada, a excepción del silencio, habrá tenido importancia. «Hermanas mías, dice un niño en un cuento de hadas, cada una de ustedes tiene su pensamiento secreto y yo quiero conocerlo.»
Nosotros también tenemos algo que todo el mundo quisiera conocer, pero se oculta mucho más alto que el pensamiento secreto; es nuestro silencio secreto. Mas las preguntas son inútiles. Toda agitación de un espíritu en guardia se convierte en un obstáculo para la segunda vida que vive en ese secreto; y para saber lo que existe realmente, hay que cultivar el silencio entre sí, pues sólo en él se entreabren un instante las flores inesperadas y eternas, que cambian de forma y de color según el alma al lado de la cual uno se encuentra. Las almas se posan en el silencio, como el oro y la plata se posan en el agua pura, y las palabras que pronunciamos no tienen sentido sino gracias al silencio en que se bañan. Si digo a una persona que la amo, no comprenderá lo que quizá he dicho a otras mil; pero el silencio que siga, si la amo en efecto, mostrará hasta dónde penetraron hoy las raíces de esta palabra, y hará nacer una certidumbre silenciosa a su vez, y ese silencio y esa certidumbre no serán dos veces los mismos en una vida...
¿No es el silencio el que determina y fija la sensación del amor? Privado del silencio, el amor no tendría sabor ni perfumes eternos. No hay silencio más dócil que el del amor y es verdaderamente el único que nos pertenece. Todos los demás grandes silencios, los de la muerte, del dolor o del destino no están a nuestra disposición; a la hora por ellos elegida, salen del fondo de los acontecimientos y avanzan hacia nosotros, y las personas a quienes no encuentran no tienen ningún reproche que hacerse. Pero podemos salir al encuentro de los silencios del amor. Gracias a éstos, los que casi no han llorado pueden vivir con las almas tan íntimamente como los que fueron muy desgraciados; por esto los que amaron mucho saben secretos que otros ignoran; pues hay, en lo que callan los labios de la amistad y del amor profundos y verdaderos, millares y millares de cosas que otros labios nunca podrán callar...

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"El diálogo silencioso de Kierkegaard" por Élodie Gontier.

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«A primera vista, no podemos diálogar sin hablar. La evidencia común dice que el intercambio comunicacional se hace con la palabra. Pero, la palabra garantiza el verdadero diálogo, el que es a la vez respuesta al otro y la escucha del otro. Existe una palabra que pasa desapercibida por causa de su exceso. Desbordándose del diálogo, la palabra submerge los interventores dentro de un alboroto. En este sentido, si definimos el diálogo como el ruido por el cual cada uno habla para hablar y no para responder al otro, fallamos lo que es el diálogo dialogal de Kierkegaard.

1. Diálogar y hablar Dialogar no es solamente hablar, emitir sonidos y tampoco es un montón cacofónico de sonidos. Es precisamente cuando las personas hablan entre ellas y no para encontrar a los otros que están dentro del ruido de la conversación. Cada uno se queda en sí mismo y habla sin ver al otro frente a él y abrirse a la palabra del otro, sino que habla para satisfacer una envidia de charlar. Si es verdad que el hombre se caracteriza por este alto grado de comunicación, él la desnaturaliza cuando regresa a su propia palabra olvidando a los otros interventores. En cierta manera, esta palabra es fundamentalmente egoísta, jamás enteramente harta, solicita sin parar el ser de comunicación para que él lo use y abuse. Entonces, la charla viene a modificar los canales del diálogo, influencia a los individuos para que hablen para decir nada, es decir para que hablen porque necesitan hablar dentro de la ausencia silenciosa de un propósito. Significa que la gente habla en mismo tiempo sin dejar el otro expresarse y sin dejar venir a ellos su palabra. Asi, se apresuran a darse sus opiniones. En efecto, la doxa se inmiscuye en el diálogo, gritando para tener razón, élla no deja ningún espacio al silencio. Entonces el diálogo se convierte en un “revoltijo ” por el cual la comunicación pierde su esencia que es el intercambio entre los individuos. Kierkegaard invierte la conversación charlatana que perjudica a la verdadera palabra para mostrar que hacer silencio es todavía una palabra:

“¿Qué es charlar? Es abolir la disyunción apasionada entre callarse y hablar. Solamente un hombre que sabe esencialmente callarse sabe esencialmente hablar ”.
El autor danés distribuye los turnos de palabra al que sólo está presente en la sombra: el silencio. Ante tanta charla, donde el ser se agota con vana palabra, ser silencioso es una tarea y, como tal, el silencio es un esfuerzo que crea el individuo. Según Kierkegaard, no se puede hablar verdaderamente más que se calla. El diálogo adquiere una nueva dimensión sobre la luz socrática: dialogar en un flujo continuo de palabras es charlar, disecando el sentido del discurso. En cambio, las palabras silenciosas dan potencia al diálogo en la medida en que el ser evita hablar más de lo necesario sin reflexionar. En otros términos, el silencio toma una distancia entre las palabras para que el diálogo no esté desprovisto de sentido.

Para entrar en diálogo, ¿no es necesario romper el silencio? Sin embargo, esta evidencia hace volver a una necesidad más profunda. Si es verdad que debemos romper el silencio para que la palabra nazca, hay que desconfiar de una palabra más charladora. Parecería que el silencio noe fuera necesario en el diálogo pero ¿en qué medida? Debemos recordar una cosa esencial para aclarar el fundamento del diálogo: él no se resume en la única palabra sino que hay escuchas más ricas que las opiniones. En este sentido, la escucha del otro sería la condición de posibilidad del proximo diálogo. Hacer silencio sirve para que la palabra del otro venga a nosotros y nos acompañe en el camino de la conversación. Escuchar el otro es interiorizar la palabra exterior pero además escuchar su propia voz, la que está en germen dentro de nosotros. El silencio pus es, como podemos ver, el centro del diálogo: lejos de exiliarse del diálogo, le nutre afirmando la presencia silenciosa de dos seres que se dan la bienvenida, mutuamente:

“El silencio disimulado, el silencio que despierta las sospechas, decimos casi que ya traiciona algo; traicionamos por lo menos que debemos callarnos. Pero el silencio que se oculta en la conversación brillante y llena de talento, es aquí –yo lo juro- es aquí el verdadero silencio ”.
Sería un grave error pensar el silencio del lado del mutismo. Al contrario, el silencio da amplitud al diálogo. Además, el proverbio revela el hecho de que el silencio sea la luz del diálogar: “la palabra es de plata y el silencio de oro”. Concebir el diálogo como el intercambio entre varios interventores, del punto del silencio y no del punto de la palabra muestra hasta qué punto el silencio es una palabra particular. El diálogo se calla para hablar mejor.

2. El silencio
Como existen silencios que dicen mucho, hay diálogos silenciosos que hablan. No obstante, ¿cual es el silencio? Existe un silencio de situación y el silencio de la acción. Jean-Louis Chrétien en L’arche de la parole (Arca de la palabra) distingue dos silencios: "la primera distinción que se impone es la que separa el silencio como dimensión y el silencio como acto, el silencio que escuchamos y el silencio que hacemos ”. La dimensión del silencio es un silencio como atmósfera, es decir un silencio de la naturaleza que rodea al ser humano. El silencio del acto descubre un espacio diferente, el del hombre que hace silencio. ¿El hombre no hace silencio para encontrar la dimensión casi originaria del silencio, la que está en el fundamento de la naturaleza? ¿No le es posible al hombre callarse para escuchar el silencio? El silencio natural es el encuentro del hombre con el mundo. Como un regreso al origen, se calla para encontrar mejor el silencio de la naturaleza. Así, el silencio revela la desnudez simple de la naturaleza por la cual «el bosque está silencioso; cuando él murmura, está silencioso». El movimiento de la naturaleza, a pesar de los ruidos del campo, contiene el silencio que nos abre a la escucha del universo natural. En este sentido, el hombre delante de la Madre Naturaleza encuentra la atmósfera silenciosa. Si el hombre escucha a la naturaleza sublime, no está a distancia de ella pero, en el silencio, coincide con ella de modo que el diálogo unifique el fondo vital que es el Mundo y el ser viviendo en el mundo. El pensamiento silencioso de Martín Buber se acuerda con la meditación kierkegaardiana sobre el silencio natural. El hombre buberiano mira el monte. La montaña responde a su visión con el silencio. Podríamos creer que el diálogo de Buber con la montaña tiene una atmósfera mística, pero no se trata de una exaltación sino más bien de una meditación silenciosa con la naturaleza. La naturaleza, aquí el monte, tiene algo de lo existente. Martin Buber, influenciado por la tradición jasídica, piensa que la montaña ha recibido las «chispas» del Eterno, lo que la convierte en un existente en el sentido de que tiene un movimiento vital como el individuo. Ella tiene una conciencia porque Dios la ha creado dándole las mismas chispas que las del hombre. Sin embargo, ¿se puede relacionar esta concepción del silencio natural con un diálogo natural kierkegaardiano, él que no tiene la misma fuente religiosa? Lo que es interesante es que según Kierkegaard, la naturaleza está presente y muchos textos hacen referencia a ello, por ejemplo Los lirios del campo y las aves del cielo y las Obras del Amor. ¿Cual es la naturaleza? La naturaleza está en el estado natural, es decir, sin haber sido tecnificado como puede ser en el pensamiento de Buber. No obstante, la subjetividad es el punto central en la concepción del diálogo entre naturaleza y hombre y, además es evidente que el lirio está personalizado, pero también hay algo más allá que la personificación únicamente como estilo literario. El lirio dialoga con el pájaro, tiene una conciencia de sí mismo como lirio y, es porque existe según «una existencia lirio» que le pide al pajaro que lo saque de su tierra para llevarlo al pais de los lirios magníficos. Kierkegaard interviene al final del diálogo como moralizador: si el lirio se hubiera quedado en su existencia-lirio (es decir pequeño, pero magnífico) y si no hubiera buscado otro sitio para él, no se hubiera secado durante su viaje porque no habría hecho ese viaje. Este episodio está sacado del Evangilio y, en las Obras del Amor, la naturaleza aparece en la forma de imágenes: los frutos, las espinas, las flores. El punto común sobre el pensamiento de la naturaleza entre Buber y Kierkegaard es que el silencio de la montaña proyecta el ser humano en si mismo llevándolo a la esencia de la existencia: la vida que tiene raíces en el mundo. El lirio de Kierkegaard conduce el lector hasta la subjetividad gracias a una lección: no debes olvidar tu fundamento vital, vives en el sentido de que estás en movimiento pero no significa que por eso debes caminar por todas partes en el mundo para ser lo que eres. No sigues como el lirio la voz del pájaro que te dice que llegues a un país idealizado y, por cierto, que no existe. Lo que debe suceder es que debes ser emocionado: estar movido y ser emocionado quedándose aquí donde estás (es decir, en el Mundo) y donde eres lo que eres con autenticidad. En definitiva, el silencio de la naturaleza muestra la maravilla del hombre hacia su propia existencia. Somos (existimos) donde estamos porque nos emocionamos de nuestra existencia. Asi, como revela Buber, el silencio no es vacio de sentido sino permite al ser contemplar con una mirada asombrosada la naturaleza entera:
“(...) En estos instantes, los más elevados, el diálogo supera todavía sus limites. Se acaba detrás de los contenidos comunicados, además los más singulares ”. No se trata de comunicar con el apoyo de los sonidos, pero la comunicación está atravesada por el silencio de modo que el diálogo sea un lenguaje sin sonoridad. Pero la ausencia del sonido no significa la ausencia del diálogo.

3. El silencio de Job y Abraham
Según Kierkegaard el silencio no impide una calmo inquietante ni una falta de palabras. En realidad, es verdaderamente lo contrario y así se distingue de la presentación buberiana del misterio. Claramente, si podemos ser silencioso cuando no decimos ninguna palabra, podemos ser silenciosos mientas gritamos. Job es ejemplar porque hace silencio mientras grita a Dios. Asi, el joven de La Repetición descubre lo que es verdaderamente el encuentro silencioso con la tracendencia, cuando dice:

“Repentinamente, me quedo mudo; no entiendo nada, no veo nada; pero, en los contornos imprecisos, entreveo Job sobre un montón de cenizas y, sus amigos cerca de él, nadie dice una palabra, pero ese silencio esta lleno de todas las espantos, como un secreto que nadie osa formular” (p. 751).

En Temor y temblor, Abraham está sumegido en el silencio delante de Dios. Del mismo modo, se calla con Sarah, Eliezer e Isaac. ¿Por qué un silencio tal? Su silencio no es un silencio patológico a pesar de que pueda hablar. En efecto, no puede hablar porque «es en esto que consiste el sufrimiento y la angustia», es decir, que el silencio es una puesta a prueba. La prueba del silencio está cargada de sentido, pero ninguno logra a entender el acto de Abraham. Es por esta razón que el protagonista se calla. Se calla, por un lado, para que el acto hable de sí mismo, y por otro lado, desde el punto de vista divino, se calla porque ninguna palabra es suficiente para describir la relación humana con el Eterno. Las palabras están presentes, pero Dios es tan perfecto que las palabras se quedan en la expectativa de manera que, delante de Dios, lo inefable sea. El silencio kierkegaardiano expresa lo que las palabras no pueden decir por el lenguaje. El silencio abrahámico es pues una lengua de la vida, la que apunta a lp religioso, sitio de lo paradojal:
«Abraham no puede hablar porque no puede pronunciar la palabra que expresa todo (es decir de manera que sea comprehensible), él no puede decir que se trata de una prueba y de una prueba tal que por élla, la etica es una tentación. El que se encuentra en esta situación, él mismo es un emigrante de la esfera de lo general».¿En qué sentido debemos entender la tentación? Kierkegaard muestra que la tentación, para Abraham, es el movimiento moral que toma al individuo y le impide realizar la voluntad de Dios. El individuo encuentra escrúpulos delante de la moralidad que le atormenta. La angustia le conduce al silencio para no revelar su acto a la esfera de lo general. Kierkegaard pone de relieve dos tipos de silencio que, sin embargo, son diferentes según el punto de vista utilizado. Por un lado, hay un silencio de Agamenón; por el otro, el silencio de Abraham. Los dos presentan un sacrificio:
«Agamenón debe sacrificar a Ifigenia. La éstetica exige que Agamenón se calle, porque sería indigno de un héroe que buscara consuelo al lado de un otro hombre ». Agamenón, por su silencio, aumenta la tensión dramática de la escena. «Si guarda el silencio, es quizá porque cree así aliviar las pruebas de los demás, pero puede ser también porque actuando así alivia la suya propia ». El silencio del héroe trágico no es un silencio escondido, sino un silencio que se muestra delante de lo general. Entonces las lágrimas son la prueba del silencio trágico. Por el contrario, el silencio de Abraham no se manifiesta al público, sino que se queda en la esfera privada. Lo que debemos entender de Abraham silencioso, es el hecho de que el silencio no pertenece a la mundanidad sino a lo oculto.  Hay que pensar de nuevo la distinción entre el silencio de Agamenón y el silencio de Abraham notando que el silencio abrahámico no implica la comprensión porque «el sentido pertinente del silencio es dependiente de la noción de disimulación ». En efecto, el silencio abrahámico es la clave de la relación privada entre el hombre y Dios. Kierkegaard nota en los Papirer que «el silencio es la vía de la interiorisación en nosotros mismos del ser humano ordinario» (PP, X 2 A, p. 99). Significa que el silencio oculta la subjetividad. Si el silencio oculta la subjetividad, no es la disimulación de algo exterior al Yo; al contrario pertenece a la intimidad de la singularidad.

Pero ¿quél es la subjetividad? Mejor considerado, la estética coloca el hombre en el silencio, sin embargo este silencio no aclara la interioridad. En efecto, el silencio de la esfera estética es un silencio obligado y no querido libremente. En otras palabras, se trata de un individuo que puede hablar pero que no lo quiere. Entonces, su silencio revela una subjetividad cerrada sobre el Yo, a saber lo que Kierkegaard llama «individualidad accidental». El hombre de fe no puede hablar, no porque no lo quiere, ni porque es afásico sino porque es «el emigrante de la esfera de lo general», es decir, que vive en lo incomprensible, y como tal, sólo puede actuar y no explicar. El silencio de Tarquino subraya el silencio de Abraham: el silencio aquí es un acto. En efecto, el silencio no es la pasividad sino la producción. Frente a la charla, Kierkegaard nos recuerda que el silencio es un esfuerzo. Si el silencio es un esfuerzo, es entonces un acto que produce el individuo. Miramos más cerca lo que Kierkegaard ha llevado inscrito en las primeras páginas de Temor y Temblor. Tarquino, desconfiando de su mensajero, lleva a su hijo al jardin, y silenciosamente, actúa: «lo que Tarquino El Soberbio daba a entender con las cabezas de los adormideras de su jardin, su hijo le entendió, pero no el mensajero». Hace silencio, y por un golpe de su baston, muestra a su hijo el asesinato próximo de Gabies. En este sentido, el silencio de Tarquino es un acto en potencia que acompaña el gesto de cortar las plantas. ¿No podemos decir que el silencio de Abraham, como el silencio de Tarquino, aclara el acto de sacrificio? Abraham se calla para que Isaac le siga y, hasta el último momento, el silencio une a la vez Abraham e Isaac pero también Abraham a YHVH. Ahora bien, Kierkegaard relaciona el diálogo al silencio en el sentido de que el diálogo sea silencioso porque entra en una relación muy fuerte con Dios:
«El silencio es la sedución del diablo, y más se calla, más el diablo se vuelve terrible; pero el silencio es además el acuerdo mutuo entre la divinidad y el individuo». Según Kierkegaard, el diálogo es en consecuencia el intercambio silencioso del ser mortal con el Dios, immortal y perfecto. No es necesario tomar palabra o hacer largos discursos para estar en comunicación con Dios. Porque el diálogo es, desde el principio, comunión, eso significa que el diálogo es sobre todo una relación de confianza. En efecto, « tan numerosos son los pisos en el palacio de la lengua; aqui tenemos una de sus residencias más intimas», a saber, el acto de silencio que pone de relieve la fe de Abraham hacia YHVH. El habla a Dios en silencio y Dios le responde por un acto silencioso que vale oro: el don de su único hijo, devuelto sano y salvo.

Conclusión
Kierkegaard muestra que cuando el lenguaje es sólo un asunto de seducción, golpea vanamente a nuestros oídos y nada es posible. A partir de entonces, debe “reconquistar el silencio» : «Sólo un hombre que sabe esencialmente callarse, sabe esencialmente hablar», porque el diálogo silencioso permite a los pensadores destruir las Doxas y combatir las palabras ávidas de poder. Kierkegaard, como un Sócrates cristiano, usa del silencio para hacer callar los eruditos de la Iglesia, los militares y la gente poderosa. Además, si diálogar no es simplemente hablar, el diálogo silencio no es támpoco lo indicible patológico. Al contrario, el silencio es una dimensión trans-lenguaje que funda la palabra filósofica. Entonces, no es un azar si el Job de Kierkegaard hace resonar su voz delante de Dios, esto manifiesta cómo la oralidad (el diálogo silencioso) es el modo de expresar la unión con los demás y YHVH.»

Artículo extraído de Biblioteca S
øren Kierkegaard

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"De A a X" John Berger (Alfaguara) - Citas

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«Todas las historias son también historias de manos, manos que agarran, que sopesan, que señalan, que unen, que amasan, que enhebran, que acarician; manos abandonadas en el sueño, manos que cortan, que comen, que limpian, que tocan música, que rascan, que asen, que pelan, que se aferran, que aprietan un gatillo, que se cruzan. En cada página del libro hay un delicado dibujo de manos ejecutando una acción específica. Te voy a copiar una.
Te estoy escribiendo.
Y me miro las manos, que quieren tocarte, y me parecen obsoletas, porque hace tanto que no te acarician.»

«¿Decir la verdad? Se tortura a las palabras hasta que ceden y se rinden a sus polos opuestos; cuando vuelven a sus celdas, Democracia, Libertad y Progreso son incoherentes. Y hay otras palabras, Imperialismo, Capitalismo y Esclavitud, que tienen negada la entrada, que son rechazadas en todos los puestos fronterizos, y cucya documentación, confiscada, es entregada a ciertos impostores, como Globalización, Mercado libre y Orden natural.
Solución: el lenguaje nocturno de los pobres. Con éste se pueden contar y defender algunas verdades.»

«Mil hogares. Cada cual con sus secretos repentinos. Te han encerrado donde estás para separarte de estos secretos.»

«Todos los nombres del mundo se precipitan a la velocidad de la luz para converger en su punto de origen, o, por el contrario, avanzan a la velocidad de la luz para desintegrarse en partículas más pequeñas que los fotones electromagnéticos... No estoy segura de cuál de las dos, pero no importa. Lo único que importa es que los nombres son diferentes del resto de las palabras.»

«Deslocalización. No sólo quiere decir trasladar la producción y los servicios a zonas en donde la mano de obra es más barata, sino que también se refiere al plan de destruir el estatus de todos los lugares que antes se consideraban permanentes, de tal modo que el mundo entero se convierta en un No Lugar y en un único mercado líquido.

Este No Lugar no tiene nada que ver con el desierto. Los desiertos tienen unos contornos más definidos que las montañas. El desierto no perdona. Volando muy, muy bajo sobre Haserof, retenido el tren de aterrizaje, las puntas de dos aspas de la hélice se combaron. Sólo al aterrizar en Faz me di cuenta. Todavía estaba aprendiendo.

Esta cárcel es un No Lugar.»

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